La figura de David Herbert Lawrence, ese británico inconforme y soez, de pluma retadora y profunda, ha sido más divulgada, en comparación con el interés serio y crítico que amerita su obra.
Conocida es su infancia proletaria en Midland, villa minera de Eastwood, en el condado de Nottingham. Su alianza con la madre, mujer refinada y de ciertos estudios, en contraposición con la figura paternal de minero borracho y vulgar. Este amor materno, rayando en la sobreprotección le acompañó en su corta existencia. Su excentricismo, su desafío a los códigos de una vida que se rehusó a aceptar, encontró en la literatura vehículo de expresión. Más referida sea tal vez su relación con Frieda Weekley, esposa de un profesor de Lawrence de la Universidad de Nottingham, con quien huye a Europa y viaja por Bavaria, Austria, Alemania e Italia, antes de regresar a Inglaterra.
Lawrence es prohibido, atacado, expulsado. La publicación de su famosa novela “El amante de Lady Chatterly” provoca un escándalo debido a sus escenas con contenido sexual explícito y el uso de palabras “obscenas”, las llamadas palabras de cuatro letras en inglés; y sobre todo por la relación amorosa entre un hombre de clase obrera y una mujer aristócrata. Cuando los editores de la Penguin Book publicaron la novela en 1960 (30 años después de la muerte de su autor), estos fueron llevados a juicio bajo el “Acta de Publicaciones Obscenas” de 1959.
Lawrence es reconocido como uno de los novelistas más influyentes y originales de la lengua inglesa del siglo XX. Sin embargo, su amplia producción poética ha sido dejada por la crítica en un segundo plano. La razón, tal vez, se encuentre en que su poesía está llena de defectos "técnicos." Lawrence, en ese sentido, no poseía la habilidad artesanal, o la paciencia necesaria ante la forma poética. Algunos de sus poemas parecen incompletos, ciertamente no memorables, hechos no para ser leídos en voz alta, sino en actitud silente; concebidos no para el oído, sino para la respuesta íntima del lector. Muchos de sus textos podrían ser fácilmente “mejorados” por el menos erudito de los miembros de cualquier taller literario. Con la excepción de algunos pocos textos como “The piano” y “A youth mowing”, raras avis dentro de la producción del autor de “Hijos y Amantes” que se acercan más a la convencional forma clásica del verso inglés, no es en la parte formal donde se encuentra el aliento poético de este escritor.
Lawrence quería que sus poemas no fueran considerados como immortelles, sino como flores vivas. Su producción poética abunda en temas, y si en algún momento es aburrida, no es por falta de originalidad o emoción. Algunos críticos consideran que la mejor parte de su obra es la de su primera poesía, donde muestra menos signos de la irritabilidad que luego lo caracterizó. En estos primeros trabajos se muestra su sensibilidad física en su más lograda expresión. Al leerlo, uno tiene la impresión que está en contacto con la naturaleza a un nivel profundo. La poesía era su modo de expresar su relación con el mundo:
“Pero ahora para el cantante es en vano romperse dentro del clamor
Con el apassionato del gran piano negro. El encanto
De los días de la niñez están en mí, mi adultez
Cae en el diluvio del recuerdo y lloro como un chico por el pasado.”
“Pero ahora para el cantante es en vano romperse dentro del clamor
Con el apassionato del gran piano negro. El encanto
De los días de la niñez están en mí, mi adultez
Cae en el diluvio del recuerdo y lloro como un chico por el pasado.”
Su obra más ácida, más sublevada, aquella que azota sin piedad a la sociedad, en la que se permite el cinismo y la más cruda incisión sobre las llagas de los tabúes, es tal vez la de menos valores estéticos, pero la más enérgica:
“Cuan animal es el burgués
especialmente el macho de la especie.
Como un hongo bonitamente cuidado
Permaneciendo ahí tan alisado y erecto y ojeable
viviendo como una fungosidad al hacer presente su vida pasada
que chupa su existencia fuera de las hojas muertas de su propio gran ser.
Lleno de hirvientes y agusanados sentimientos huecos
mejor dicho asquerosos-
Cuán animal es el burgués”
Para el crítico James Reeves, la idea de Lawrence como poeta expresionista debe ser seriamente considerada. Para Reeves, como en el caso de Van Gogh, “Lawrence era un romántico con un temperamento inquieto, insatisfecho, algo violento. Ambos utilizaban el mundo exterior sobre el que proyectaban sus propias y originales naturalezas. Ambos distorsionaban la naturaleza con este propósito.” Como muestra, el poema “The mosquito”. Repetitivo, explosivo, en el texto el lector siente crecer su irritación y furia, tal como crece ante la molesta cercanía de un díptero.
A este poema se suman muchos de los llamados poemas-animales (animal-poems) que escribió Lawrence: El Murciélago, La Serpiente, El Zunzún, El Canguro, entre otros. Uno de los más conocidos se titula “La Serpiente Emplumada”:
“Los Señores de la Vida son los Amos de la Muerte.
Azul es el aliento de Quetzalcoatl.
Roja es la sangre de Huitzilopochtli.
Pero el perro gris pertenece a la ceniza del mundo.
Los Señores de la Vida son los Amos de la Muerte.
Muertos están los perros grises.
Vivos están los Señores de la Vida.
Azul es el cielo profundo y el agua profunda.
Rojos son el fuego y la sangre.
Amarilla es la llama.
El hueso es blanco y vivo.
El pelo de la noche es oscuro sobre nuestros rostros.
Pero los perros grises están entre las cenizas.
Los Señores de la Vida son los Amos de la Muerte.”
La visión de la civilización que tenía el inglés, por más que nos parezca trágica, contenía suficiente lógica en su advertencia contra los peligros de la industrialización y la mecanización. Postulaba que el equilibrio psicológico del hombre había sido destruido por el peso puesto sobre sus hombros de la convención urbana, la máquina como exterminadora de la dignidad del hombre que le priva del disfrute del trabajo creativo con sus manos. Su desconfianza en la mente, como agente que había desviado a la humanidad de su raíces también se manifiesta en su poesía cuando gritaba en uno de sus textos: el sexo no es sucio, sucia es la mente.
Hijo talentoso de padres proletarios, enfermo crónico que finalmente muere a causa de la tuberculosis en Vence, Francia, luego de más de diez años sin haber regresado más a su país, con poemas poco memorables desde el punto de vista formal; desde sus textos, Lawrence lanzó más bien el grito de una sensibilidad lírica, que se rebeló en su naturaleza contra el control y la disciplina de su tiempo, y que hoy nos revela en el fondo a ese “chico sentado bajo el piano, en el estampido de las hormigueantes cuerdas/ Presionando el pequeño, reposado pie de una madre que sonríe cuando canta.”



