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Saturday, 30 September 2017
Thursday, 24 December 2015
Celos del nombre de Cuba
Hace unos días compartía con mi hermano Agustín Labrada algunas de las históricas y fascinantes toponimias de origen inglés que rotulan partes de la geografía cubana. Kingston y Omaha, por ejemplo, nombres de ciudades en Jamaica y Nebraska, respectivamente, que sirvieron para el bautizo de poblados al oriente de la Isla, y que en el caso del último, un sabroso y por demás lógico intercambio fonético por parte de los locales, terminó por transformar en el más pronunciable Omaja.
Esta conversación me hizo recordar un pasaje del libro
“Palabras Perdidas” cuya lectura, prohibida y milagrosa, disfruté muchísimo
cuando cayó en mis manos allá por los años 90.
A continuación reproduzco este delicioso fragmento, sobre
todo para los que no han tenido la oportunidad de leerlo. Me tomé la libertad
de añadir algunos vínculos para curiosos al final del texto. Disfrútenlo:
- En
otras palabras – dijo mirando a Carpentier -, que usted no es un escritor
cubano.
Ella enrojeció y pidió la palabra para hacerse
cargo de la réplica, pero nadie la tomó en cuenta. El Narrador se había vuelto
hacia su fiscal y lo examinaba de pies a cabeza.
- ¿Y tú
de dónde eres? – preguntó.
- ¿Yo?
De aquí – replicó el Encíclope con profunda convicción.
- Ajá…
- Carpentier hizo una pausa y dejo reposar sus manazas sobre sus muslos - . ¿Quieres
decir que eres de Cuba? – El Encíclope asintió, pasándose la lengua por los labios
resecos - ¿De Cuba, Portugal, a unos ciento cincuenta kilómetros al sureste de
Lisboa? ¿De Cuba, en Okinawa, Japón? ¿Del pueblo de la Cuba, en España? ¿De las
cercanías del lago Cuba, en Sicilia? ¿Del Reino de Kuba, situado entre los ríos
Kasai y Sankuru, en la provincia de Kassia Occidental, Zaire? ¿De Kuba, en la
República Socialista Soviética de Azerbaiján, setenta kilómetros al noreste de Bakú?
¿Acaso eres de Cuba, en Bali, Indonesia? ¿O tal vez naciste en la mezquita de
Kuba, en Argel?
El Encíclope volvió a humedecerse los labios y
paseó la vista por el grupo, desconcertado.
- Soy
de Cuba, en América – dijo.
Carpentier sonrió, como si esperara aquella
respuesta.
- ¿Del
pueblo de Cuba, cerca de Tarija, en el sur de Bolivia?
- No
soy del sur – acertó a replicar el Encíclope.
- Ya… -
dijo Carpentier y, señalando con el índice - ¿Tal vez eres de Cuba, Indiana, o
de Cuba, Ohio, o de Cuba, Kentucky, o de alguna de las otras siete Cubas en
América del Norte?
Abrumado, el Encíclope bajó la cabeza, pero ella
estaba fascinada con el juego y le
exigió:
- Responde.
Trata de escaparte.
- Soy
de Cuba, en el Caribe.
- ¡Ah!
– ripostó de inmediato Carpentier -¿Del pueblito de Cuba, cercano a Moca, en
Puerto Rico?
Todavía con la cabeza gacha, el Encíclope alzó los
brazos dándose por vencido. Entonces ella tuvo el temor de que el juego
terminara así y decidió seguir apostando por su cuenta a ver si encontraba una
salida, un modo incanjeable de decir que habían nacido aquí en el país donde
vivían.
- No –
dijo, con la seguridad de haberlo encontrado- él es natural de la isla de Cuba.
- Sí,
pero, ¿de cuál? – replico inmutable Carpentier -. ¿La que está pegada a Long
Island, en Nueva York o la que está
situada en el delta del río Lena, en la Unión Soviética?
Ella rompió a aplaudir: la erudición del Narrador
le parecía tan extraordinaria como las coincidencias toponímicas. Su gesto
termino de relajar el ambiente. Carpentier se lo agradeció con una leve caricia
en el pelo y se recostó en la silla, aguardando en silencio. La acritud inicial
había desaparecido, pero el juego estaba abierto aún.
- Digamos
que es de la Habana – dijo el Flaco.
- Pero
eso es tan impreciso como lo anterior, mi amigo – Carpentier sonreía con un
amplio ademán de Petrarca -. Hay, por ejemplo, unas nueve Havanas en los
Estados Unidos: Havana, Florida, a unos cuarenta kilómetros de Tallahasee;
Havana, Arkansas, al noreste de Little Rock; Havana, Dakota del Norte, casi en
la línea fronteriza con Dakota del Sur; Havana, Kansas, al sureste de Wichita…Y
eso – añadió, moviendo las manzanas como si estuviera situando las ciudades en
el mapa -: para no hablar de las Havanas de Misisipí, Alabama, Ohio y Minnesota… Pero es más, existe incluso una
Havana que, desafiando la imaginación más delirante, queda… no me creerán
ustedes, como buenos habaneros que son, ¡a cuarenta kilómetros al sudeste de
Cuba, Illinois! – Remató el dato con una sonora palmada y quedó boquiabierto
como compartiendo el asombro de sus interlocutores -. Y por si todo esto fuera
poco, hay todavía una Havana nada menos que en Australia, ubicada en los
veintiún grados de latitud sur y ciento
cuarenta y nueve grados de longitud este…- Recorrió el grupo con la vista y
transmitió cierto desasosiego al preguntar, señalando al Encíclope -: Así que…
¿alguno de ustedes podría decirme dónde nació este muchacho?
El Encíclope se hundió en su silla y ella volvió a
aplaudir mientras reía, pensando que
ahora Carpentier había demostrado una sabiduría simplemente extraordinaria para
transmitirles aquella información insólita. Su habilidad de músico, capaz de
dirigirse a sí mismo con las manos, modulando la voz en sorpresivos, elocuentes
cambios de tono, la hicieron sentirse como ante un juglar o un aeda. El juego
corría el riesgo de terminar y ella estaba pensando qué decir para prolongarlo,
cuando el Rojo intervino.
- Nació
en la República de Cuba, Maestro –
dijo, mirando al Narrador a los ojos.
- En
ese caso – Carpentier le sostenía la mirada, sonriendo-, pudo haber nacido en
Islas de Pinos.
- Claro
– aceptó el Rojo y, como si jugara un triunfo, añadió-: pero usted olvida que
no hay otra Islas de Pinos en el mundo.
El Narrador echó su caparazón hacia delante y ella
quedó pendiente de sus ojos, brillantes como los de un Marco Polo que se
dispusiera a contar sus aventuras.
- El
Pacífico Sur es sencillamente extraordinario- dijo, y el ritmo lento y el
timbre exótico de su erre francesa crearon la impresión de que acababa de
regresar de un azaroso viaje por aquellas remotas latitudes-. Mar terrible,
verdadera suma de milagros geográficos, refugios de piratas siniestros, creados, las más de las veces por
la imaginación de un Salgari, que no lo visitó jamás, e inspirador de
escritores francamente notables: piensen, por ejemplo en un Conrad, que tampoco
estuvo allí, pero que, gracias a su ambición creadora, logro transmitirnos en
su espléndida Victoria, pese a ciertos errores geográficos de poca monta, la
atmósfera singularísima de ese entorno, un entorno que no obstante las obvias
diferencias tiene que ver con nuestro Caribe hasta el extremo de poseer un
puerto de la Havannah en las Nuevas Hébridas, un canal de Cuba al norte de
Nueva Zelandia, y, para pasmo de la imaginación humana, otro canal, llamado
también de la Havannah, que separa a la Nueva Caledonia nada menos que de la
Isla de Pinos.
Todos se miraron en silencio: el asombro los había
dejado mudos, como si hubieran asistido a un milagro. Pasó medio minuto antes
de que el Rubito rompiera fuego.
- Eso
es fantásticamente verosímil – dijo -. Pero no sé si la verdad está en lo que
usted cuenta o en cómo lo cuenta.
-
El
cómo y el qué son indivisibles, amigo mío, y usted lo sabe…-Carpentier lo
miraba con una sonrisa condescendiente-. Y yo no calificaría estas revelaciones
de fantásticas sino de maravillosas, de real maravillosas.
-
¿Y
cómo llegó a ellas, Maestro? – dijo Una, definitivamente hipnotizada.
-
Como
una cura de caballo contra la nostalgia-respondió Carpentier, arqueando las
cejas -. Demasiados años llevaba yo en Europa, trabajando en la radio, cuando conocí
a cierto cubano, Mongo Cantero, verdadero jodedor criollo que, no obstante, ya
se ocupaba muy seriamente de una ciencia que entonces era tarea de visionarios
y hoy ha transformado el mundo: la computación. Mongo le Grand, como le llamábamos, tenía al igual que yo el dolor de
Cuba…- Tomó una cucharada del helado que el Flaco le puso al frente, y siguió
evocando-: Nos dimos a la tarea de buscarla en las enciclopedias y los
resultados fueron maravillosos. Cuba estaba en todos lados. ¿Por qué? – se
preguntó creando una nueva expectativa, mientras miraba a izquierda y derecha
-. Probablemente porque es un nombre tan sencillo y sonoro que puede otorgarse a sí mismo el
don de la ubicuidad. Bakú, por ejemplo, no es otra cosa que la inversión de las
mismas sílabas, y además de los sitios ya mencionados, están, digamos, las
estepas del Kubán, por donde cabalgan alegremente cosacos kubanos…
Ella suspiró insatisfecha, y cuando las risas se
aplacaron tomó la palabra.
- Esa
explicación no es suficiente, Maestro - dijo-, porque la Habana es un nombre
muy complicado.
- Cierto
– respondió Carpentier, imponiendo un compás de espera con la mano izquierda
mientras tomaba dos cucharadas de vainilla-. En esos casos, así como en los de
las Cubas americanas, la explicación se encuentra en los viajeros que se
llevaron los nombres en sus alforjas para no abandonar del todo nuestras costas.
“Cuando salí de la Habana, válgame Dios”…, por ejemplo, es obra de un vasco.
Pero los aportes más sorprendentes, me parece, resultaron ser del Pacífico Sur.
Mongo le Grand y yo teníamos la
hipótesis de que estos nombres fueron trasegados por oficiales británicos que
participaron en la Toma de la Habana en
1762 y que, años más tarde, acompañaron al Capitán James Cook en sus correrías por aquellos parajes. En todo
caso, lo real maravilloso es que allá, en el otro extremo del mundo, estén
también la Habana, Cuba, Isla de Pinos…
Su voz, que había vuelto a recobrar el tono nostálgico de sus grandes relatos, se quebró de pronto, cuando empezó a testimoniar un sentimiento íntimo-. Pero entonces, al descubrirlo sentí celos, celos de que los nombres de mi país y de mi ciudad estuvieran repartidos por el mundo, como nombres de putas y, Mongo le Grand, que como ya dije era tremendo punto, me replicó, mientras señalaba en el mapa un archipiélago situado a unos diecisiete grados al sur del ecuador y sesenta al este del meridiano de Greenwich, en medio del Océano Indico: “consuélate Alejo, por lo menos no nacimos aquí, en los Bajíos de los Cargados Carajos”.
Su voz, que había vuelto a recobrar el tono nostálgico de sus grandes relatos, se quebró de pronto, cuando empezó a testimoniar un sentimiento íntimo-. Pero entonces, al descubrirlo sentí celos, celos de que los nombres de mi país y de mi ciudad estuvieran repartidos por el mundo, como nombres de putas y, Mongo le Grand, que como ya dije era tremendo punto, me replicó, mientras señalaba en el mapa un archipiélago situado a unos diecisiete grados al sur del ecuador y sesenta al este del meridiano de Greenwich, en medio del Océano Indico: “consuélate Alejo, por lo menos no nacimos aquí, en los Bajíos de los Cargados Carajos”.
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Friday, 21 November 2014
D.H. LAWRENCE: UN CHICO SENTADO BAJO EL PIANO
La figura de David Herbert Lawrence, ese británico inconforme y soez, de pluma retadora y profunda, ha sido más divulgada, en comparación con el interés serio y crítico que amerita su obra.
Conocida es su infancia proletaria en Midland, villa minera de Eastwood, en el condado de Nottingham. Su alianza con la madre, mujer refinada y de ciertos estudios, en contraposición con la figura paternal de minero borracho y vulgar. Este amor materno, rayando en la sobreprotección le acompañó en su corta existencia. Su excentricismo, su desafío a los códigos de una vida que se rehusó a aceptar, encontró en la literatura vehículo de expresión. Más referida sea tal vez su relación con Frieda Weekley, esposa de un profesor de Lawrence de la Universidad de Nottingham, con quien huye a Europa y viaja por Bavaria, Austria, Alemania e Italia, antes de regresar a Inglaterra.
Lawrence es prohibido, atacado, expulsado. La publicación de su famosa novela “El amante de Lady Chatterly” provoca un escándalo debido a sus escenas con contenido sexual explícito y el uso de palabras “obscenas”, las llamadas palabras de cuatro letras en inglés; y sobre todo por la relación amorosa entre un hombre de clase obrera y una mujer aristócrata. Cuando los editores de la Penguin Book publicaron la novela en 1960 (30 años después de la muerte de su autor), estos fueron llevados a juicio bajo el “Acta de Publicaciones Obscenas” de 1959.
Lawrence es reconocido como uno de los novelistas más influyentes y originales de la lengua inglesa del siglo XX. Sin embargo, su amplia producción poética ha sido dejada por la crítica en un segundo plano. La razón, tal vez, se encuentre en que su poesía está llena de defectos "técnicos." Lawrence, en ese sentido, no poseía la habilidad artesanal, o la paciencia necesaria ante la forma poética. Algunos de sus poemas parecen incompletos, ciertamente no memorables, hechos no para ser leídos en voz alta, sino en actitud silente; concebidos no para el oído, sino para la respuesta íntima del lector. Muchos de sus textos podrían ser fácilmente “mejorados” por el menos erudito de los miembros de cualquier taller literario. Con la excepción de algunos pocos textos como “The piano” y “A youth mowing”, raras avis dentro de la producción del autor de “Hijos y Amantes” que se acercan más a la convencional forma clásica del verso inglés, no es en la parte formal donde se encuentra el aliento poético de este escritor.
Lawrence quería que sus poemas no fueran considerados como immortelles, sino como flores vivas. Su producción poética abunda en temas, y si en algún momento es aburrida, no es por falta de originalidad o emoción. Algunos críticos consideran que la mejor parte de su obra es la de su primera poesía, donde muestra menos signos de la irritabilidad que luego lo caracterizó. En estos primeros trabajos se muestra su sensibilidad física en su más lograda expresión. Al leerlo, uno tiene la impresión que está en contacto con la naturaleza a un nivel profundo. La poesía era su modo de expresar su relación con el mundo:
“Pero ahora para el cantante es en vano romperse dentro del clamor
Con el apassionato del gran piano negro. El encanto
De los días de la niñez están en mí, mi adultez
Cae en el diluvio del recuerdo y lloro como un chico por el pasado.”
“Pero ahora para el cantante es en vano romperse dentro del clamor
Con el apassionato del gran piano negro. El encanto
De los días de la niñez están en mí, mi adultez
Cae en el diluvio del recuerdo y lloro como un chico por el pasado.”
Su obra más ácida, más sublevada, aquella que azota sin piedad a la sociedad, en la que se permite el cinismo y la más cruda incisión sobre las llagas de los tabúes, es tal vez la de menos valores estéticos, pero la más enérgica:
“Cuan animal es el burgués
especialmente el macho de la especie.
Como un hongo bonitamente cuidado
Permaneciendo ahí tan alisado y erecto y ojeable
viviendo como una fungosidad al hacer presente su vida pasada
que chupa su existencia fuera de las hojas muertas de su propio gran ser.
Lleno de hirvientes y agusanados sentimientos huecos
mejor dicho asquerosos-
Cuán animal es el burgués”
Para el crítico James Reeves, la idea de Lawrence como poeta expresionista debe ser seriamente considerada. Para Reeves, como en el caso de Van Gogh, “Lawrence era un romántico con un temperamento inquieto, insatisfecho, algo violento. Ambos utilizaban el mundo exterior sobre el que proyectaban sus propias y originales naturalezas. Ambos distorsionaban la naturaleza con este propósito.” Como muestra, el poema “The mosquito”. Repetitivo, explosivo, en el texto el lector siente crecer su irritación y furia, tal como crece ante la molesta cercanía de un díptero.
A este poema se suman muchos de los llamados poemas-animales (animal-poems) que escribió Lawrence: El Murciélago, La Serpiente, El Zunzún, El Canguro, entre otros. Uno de los más conocidos se titula “La Serpiente Emplumada”:
“Los Señores de la Vida son los Amos de la Muerte.
Azul es el aliento de Quetzalcoatl.
Roja es la sangre de Huitzilopochtli.
Pero el perro gris pertenece a la ceniza del mundo.
Los Señores de la Vida son los Amos de la Muerte.
Muertos están los perros grises.
Vivos están los Señores de la Vida.
Azul es el cielo profundo y el agua profunda.
Rojos son el fuego y la sangre.
Amarilla es la llama.
El hueso es blanco y vivo.
El pelo de la noche es oscuro sobre nuestros rostros.
Pero los perros grises están entre las cenizas.
Los Señores de la Vida son los Amos de la Muerte.”
La visión de la civilización que tenía el inglés, por más que nos parezca trágica, contenía suficiente lógica en su advertencia contra los peligros de la industrialización y la mecanización. Postulaba que el equilibrio psicológico del hombre había sido destruido por el peso puesto sobre sus hombros de la convención urbana, la máquina como exterminadora de la dignidad del hombre que le priva del disfrute del trabajo creativo con sus manos. Su desconfianza en la mente, como agente que había desviado a la humanidad de su raíces también se manifiesta en su poesía cuando gritaba en uno de sus textos: el sexo no es sucio, sucia es la mente.
Hijo talentoso de padres proletarios, enfermo crónico que finalmente muere a causa de la tuberculosis en Vence, Francia, luego de más de diez años sin haber regresado más a su país, con poemas poco memorables desde el punto de vista formal; desde sus textos, Lawrence lanzó más bien el grito de una sensibilidad lírica, que se rebeló en su naturaleza contra el control y la disciplina de su tiempo, y que hoy nos revela en el fondo a ese “chico sentado bajo el piano, en el estampido de las hormigueantes cuerdas/ Presionando el pequeño, reposado pie de una madre que sonríe cuando canta.”
Monday, 29 September 2014
YO SOY UN HOMBRE SIN CERO
Por: Frank R. Rojas
Es febrero de 2003; el lugar: Aeropuerto Internacional Frank País de la Ciudad de Holguín, Cuba; frente a mí, dos oficiales aduaneros inspeccionan mi equipaje.
El viaje de más de seis horas desde el invierno londinense me ha devuelto a tierra cubana, donde me esperan mis familiares y, en la pista del aeropuerto, una bofetada de calor.
El fondo de la maleta, donde había colocado de manera ingenuamente sediciosa un grupo de libros, algunos de ellos censurados en la Isla, es justo el lado que me toca abrir ante la solicitud de los pesquisantes.
Con sus tapas extendidas, el vientre de la maleta muestra no sólo mis deficiencias como empacador, sino que revela, palpitando desde la primera capa, una al lado de la otra, las novelas “1984” de George Orwell y “Tres Tristes Tigres” de Guillermo Cabrera Infante. Estoy jodido, pienso, y mientras mentalmente preparo mi alegato, uno de los oficiales toma en sus manos el libro de Cabrera Infante, lo sostiene durante unos segundos en el aire y hace un gesto de detective consumado…
Tres meses antes, noviembre de 2002; el lugar: St James' Park, el estadio de fútbol de Newcastle, The Toon; mientras el equipo local era apoyado por sus seguidores que cantaban eufóricos sus himnos futboleros, comenzó, en el eco de las miles de voces, este cántico con el nombre del ídolo de los geordies, que me pareció conocido:
“One Alan Shearer,
there is only one Alan Shearer.
One Alan Shearer,
there is only one Alan Shearer”.
El ejercicio que les propongo ahora es sencillo: repitan estos versos al ritmo de la Guantanamera…¡Así es! En el nordeste de Inglaterra, en territorio sagrado (el campo de football, no soccer), tan lejos geográficamente, y de tantas otras maneras, del Caribe, de Cuba, se entonaba la de Joseíto Fernández con versos en inglés.
Guantanamera / One Alan Shearer
guajira guantanamera / there is only one Alan Shearer
guantanamera / One Alan Shearer
guajira guantanamera / there is only one Alan Shearer
Yo soy un hombre sincero…
Sin embargo, quien pasó por mi cabeza en esos momentos, antes y después del juego de fútbol, cuando en el pub celebrábamos con pintas de cerveza, la victoria local, no fue Joseíto Fernández, sino Cabrera Infante, y su juego con la prosa martiana, y sus re-juegos de palabras. Unos días más tardes, en Londres, compré “Tres Tristes Tigres”, con carátula azul y olor a nuevecito. Releí el libro. Ahí estaba: yo soy un hombre sincero...
Sin embargo, quien pasó por mi cabeza en esos momentos, antes y después del juego de fútbol, cuando en el pub celebrábamos con pintas de cerveza, la victoria local, no fue Joseíto Fernández, sino Cabrera Infante, y su juego con la prosa martiana, y sus re-juegos de palabras. Unos días más tardes, en Londres, compré “Tres Tristes Tigres”, con carátula azul y olor a nuevecito. Releí el libro. Ahí estaba: yo soy un hombre sincero...
El oficial de la aduana levanta el libro en su diestra.
- Son muchos libros - me dice
- Es que yo...
- Sí, sabemos, usted es profesor.
Aún con el libro en alto, me mira con cierta complacencia, como quien descubre la pieza clave en la escena del crimen.
Sin dejar de mirarme, con la otra mano, extrae desde la maleta, un disco DVD que pasa rápidamente a su colaborador, mientras me informa que van a verificarlo.
- Debemos cerciorarnos de que su contenido no es “inadecuado”
Luego coloca, alas, de manera más ordenada que como lo había hecho yo, el libro con su carátula azul al lado de la novela de Orwell. - Debemos cerciorarnos de que su contenido no es “inadecuado”
Media hora más tarde, salgo con mi equipaje intacto, los libros a buen resguardo, y en la mano, el inútil DVD cuyo contenido ni siquiera alcanzo a recordar.
No me contengo. Le pido, con la cortesía canadiense y los debidos formalismos, que me permita hojear el libro.
La traducción al inglés es de Donald Gardner y Suzanne Jill Levine. Busco entre las páginas, y ahí está: un guiño de los traductores, la versión al inglés, reflejo del estilo del escritor gibareño con sus puns y juegos lingüísticos, su choteo, su desacralización y homenaje:
I am a man without a zero…

Wednesday, 30 July 2014
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